Los rituales de toda la vida están quedando poco a poco obsoletos (ya ningún niño sopla las velas del pastel de cumpleaños, porque sabe que la PlayStation va a caer se porte bien o no). Sin embargo, están apareciendo una serie de rutinas pseudo-esotéricas que todos seguimos, aunque sepamos que todo es más falso que el acento texano del señor Aznar.
Por ejemplo, el de pedir un deseo cuando ves una estrella fugaz. ¿Alguien lo ha conseguido una vez? ¿Sí? Pues no-me-lo-cre-o. Es imposible: nadie espera ver una estrella fugaz cuando mira al cielo. Es decir, si vemos una, nos pilla por sorpresa y, por tanto, no tenemos el deseo preparado. Porque esa es otra: el deseo sólo se cumple si lo pedimos mientras vemos la estrella. Una estrella fugaz no está en el cielo, normalmente, más de un segundo. Así que, por muy preparado que estés (pongamos por ejemplo que llevas toda la noche mirando al cielo esperando ver una) no te da tiempo de pedir “Deseo que la Vanessa y yo seamos felices para siempre y nada nos separe”. Eso dura más de un segundo. Así que debes simplificar el deseo, algo que lo puedas decir en menos de un segundo. Aquí es cuando aparece el salido de turno: estás esperando toda la noche y cuando ves la estrella, sólo te da tiempo de decir “Follar!” antes de que se apague. Lo peor es que nunca se cumple. O al menos en mi caso.
Otro ritual de este nuevo milenio es el de los juegos de las matrículas de los coches. Si ves una matrícula cuyo número sea capicúa debes cruzar los dedos índices y medio y pedir un deseo. ¿Qué base científica tiene eso? No sé, pero por si acaso, yo lo hago.
La que es un show en todo esto de los rituales es mi señora madre. Lee en las revistas que para empezar el año, tras la última campanada debe quedarse a la pata coja, con el pie derecho en el suelo, para así, según Rappel, entrar en el nuevo año con buen pie (mi madre lleva plantillas ortopédicas, así que ya me dirás cómo va a entrar con buen pie). Además, debe escribir 10 deseos en 10 papelitos distintos, mojarlos en cava y luego quemarlos, para que así se cumplan. Recuerdo que el año pasado pidió “una casa más grande”. Y debo admitir que el deseo se cumplió: después del incendio que provocó tras quemar los papeles impregnados en alcohol, nos mudamos a una casa más grande.
¿Y qué decir de esos rituales amorosos de la SuperPop? Para enamorar al chico que te gusta debes arrancarle un pelo (con uno de la cabeza ya sirve), y mojarlo en aceite de ricino en una noche de luna llena mientras recitas “Jamalá jamalí, este tío todo pa mí”. Caerá seguro.
La versión internetera es aquella de “si no envías este mail a 250 personas algo malo te pasará, a ti y a tu familia”. Desde aquí aprovecho para cagarme en la puta madre de todos aquellos “amigos” que me envían estos e-mails tan cargados de buen rollo. E-mails que siempre borras pensando “qué pardillos”, pero no puedes evitar que un escalofrío te recorra la espalda.
Por último, están los llamados rituales discriminatorios. ¿Qué es eso de pasarle un número de la lotería por la chepa a un jorobado? ¡Por favor, seamos adultos! Conozco a uno que tras pasar el boleto por la joroba de un tío, al día siguiente fue a pegarle porque el número no había sido premiado. O aquél que dice: cuando veas a un pelirrojo tócate un botón, que trae buena suerte! Bendita paciencia, la de los pelirrojos, que allá donde van no ven más que gente poniéndose el dedo en el botón del pantalón.
Es por eso que pido desde aquí que pensemos antes estas tonterías y que, por favor, si dejáis comentarios, no dejéis 13, vaya a ser que me cierren el blog…