
Postres
13 Marzo, 2006Ayer, comiendo fuera, me di cuenta de qué raro es el Ser Humano a la hora de pedir un postre en un restaurante. Tú puedes ser el tío más gris del mundo, sin nada que contar, un triste, al que no le pasa nunca nada, un tipo aburrido sinb anécdotas que explicar… Pero llega el camarero con la carta de postres, y cuando decides qué es lo que vas a pedir de postre, te olvidas de lo gris que eres, y crees que tu decisión le va a importar a todo el mundo.
- Yo voy a pedir una copa de nata y nueces.
Y lo dices con un tono de “Mira, así soy yo, si te gusta bien, y si no, no”.
E irremediablemente, el resto de comensales, comenta su elección en voz alta:
- Pues yo tiramisú.
- Pues yo una piña helada.
Tu elección, además, debe ir acompañada de el siguiente gesto: cierras de golpe la carta de postres y la tiras encima de la mesa: “Un crocanti”.
¿Por qué pasa eso y no, por ejemplo, con los entrantes? “Yo me voy a pedir entremeses, qué pasa”. No tiene el mismo gancho.
El colmo de la seguridad en uno mismo es cuando eliges un postre destinado exclusivamente para niños:
- Yo me pido un Punky.
Un Punky es un helado de nata y fresa, dentro de un puñeco con forma de pingüino con los pelos de punta. ¿Por qué si a mí me apetece un helado de nata y fresa tengo que rebajarme a pedir algo tan ridículo como un Punky? Los diseñadores de helados infantiles deberían estar en Guantánamo, por crear cosas tan ridículas de pedir como un “Punky”, un “Pirulo” o un “Drácula”.