
Ah, ah, ah, ah, stayin’ alive
27 Enero, 2007Sigo vivo, para alegría de pocos y decepción de muchos (¿os expliqué alguna vez que el FBI me persigue desde hace años intentando matarme?). Últimamente, en este blog hay más posts del tipo “He vuelto y me lo voy a tomar en serio” que no de otro tipo. Pero bueno, la intención es empezar a tomarme esto en serio otra vez, pero no lo voy a decir por si acaso.
El caso es que me he quedado encerrado en el ascensor de mi casa durante algo más de 45 minutos, y he tenido tiempo para pensar. Sobretodo en por qué ningún vecino ha acudido a mi rescate. He tenido que llamar a un compañero de piso que estaba trabajando para que viniera a socorrerme. Y es que desde hace un tiempo veo cómo cuando me cruzo con algún vecino me mira con una mezcla de odio y miedo. Hoy, durante mis 45 minutos de meditación espiritual he descubierto por qué. Os explico.
Llevamos 9 meses compartiendo piso, tres amigos y yo. Uno de estos tres colegas es chileno, y es muy moreno de piel. No es mulato pero casi. Bien, tened este dato en mente.
Por otro lado, hace cinco meses decidimos comprar dos gatos. Como el piso no estaba lo suficientemente guarro -obviamente, es una ironía; una vez entró una cucaracha al piso y le vinieron arcadas-, decidimos que dos animales que pierden más pelo que Rocío Jurado en sus últimos días era lo más adecuado para vivir. Uno es gris y el otro negro. Estábamos muy ilusionados con los gatos, hasta que un día vino un amigo al piso y dijo: “¿Cómo se llaman?”. Mierda. No tienen nombre. Cinco meses con gatos y aún no tienen nombre. Aunque no es tan grave, si tenemos en cuenta que mi madre me llama “Tú, el de las gafas”. Al no tener nombre los gatos, en un alarde de imaginación, nos referimos a ellos como “el gris” y “el negro”.
Por esa época el gato negro empezó a desarrollar una capacidad para ser un verdadero hijoputa: araña muebles, rompe vasos y cenizeros, ataca cuando estás durmiendo, etc. Podría decirse que odio a ese gato.
Bien. Teniendo en cuenta la tez morena de mi compañero de piso y lo diabólico que es el gato negro, creo que empiezo a entender que mis vecinos me odien y me teman al haberme oído gritar repetidas veces frases como:
- Qué asco le tengo al negro.
- Encierra al negro en la jaula.
- El negro me ha dado con el rabo.
- A ver si castramos al negro.
- Me da igual que sea un animal. El negro me tiene harto.
- Encerrad al negro con un poco de leche, a ver si así deja de molestar.
- La simple presencia del negro en casa me molesta.
Mi compañero de piso, el moreno, es ajeno a todo esto, pero sí me ha comentado que los vecinos le tratan muy bien.
De un momento a otro me llega una carta de SOS Racismo.