
Vergüenza
23 Septiembre, 2007Todos mis amigos tienen un momento clave en su vida que definen como el más vergonzoso de su vida. Mi amigo Iván (alias Moñigo, no me preguntéis por qué) fue una vez al médico porque tenía un bulto en el ano. Al cabo de diez segundos de reconocimiento médico, al grito de “ahí, ahí, justo ahí”, el médico le dijo: “anda, chaval, vete pa casa que eso es la rabadilla”. Un conocido que iba conmigo al instituto, Jose Ramón, con una sordera consderable en un oído, se la estaba cascando parsimoniosamente, cuando su madre entró a la habitación y él no la escuchó. “José Ramón… José Ramón… ¿Qué haces?”.
Hasta hace un mes yo no hubiera sabido decir cuál era el momento más vergonzoso de mi vida. Pero, como digo, eso fue hasta hace un mes.
Este verano fui de vacaciones a México. Y me compré esto.
Por otro lado, también fui a Túnez, y me compré una chilaba.
Bien. Llegué a Barcelona, pasaron los días. Y un sábado me llama mi hermana al teléfono. “Oye, cap0, voy para tu casa. Estoy ya en tu calle”. Perfecto. Yo, que soy de la broma, pienso: “Verás, voy a darle un sustillo”. Y mientras me reía con mi propia ocurrencia, me dispongo a ponerme la chilaba, la máscara y las gafas por encima de la máscara, ya que no veo un pimiento.
Pensando que era una buena idea, espero junto a la puerta de casa, ansiando el momento en que mi hermana llame al timbre. “Je, je, cómo soy… Se me ocurren unas cosas…”. Un minuto después, se produce el ansiado timbrazo. Abro la puerta, a la vez que digo: “Mua-ha-ha!!!!!”, sólo para descubrir que era el del Círculo de Lectores.
Tardo unos segundos en reaccionar, que al señor del Círculo se le deben hacer eternos. Sus ojos casi salen de sus órbitas. Decido que es buena idea quitarme la máscara, mientras las gafas se me caen al suelo. Un sudado y despeinado cap0, no acierta más que en decir “Me pensaba que eras mi hermana”, pero eso no tranquiliza al pobre comercial, que no da crédito. “No, en serio, pensaba que eras mi hermana…”.
Justo entonces, llega la susodicha. Como descripción de mi hermana, sólo diré que está embarazada de siete meses, por lo que el círculo, al verla embarazadísima, todavía alucina más. Me mira como diciendo “Hijo de puta, la vas a matar!”. Mi hermana, acostumbrada a mis gilipolleces, con naturalidad, me pregunta: “¿Qué haces con una chilaba?”, y entra a casa sin dar más importancia a la situación.
El señor del círculo me hace una entrega de un libro que le pago debidamente, sin decir una palabra, y aún pálido, da media vuelta y desaparece.
Al cerrar la puerta, el espejo del recibidor me acusa silenciosamente de ser un gilipollas.