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30 agosto, 2003

Cuenta la historia que a principios de siglo una pareja de viejecitos vivían en una destartalada casa al norte de Europa. Quiso Dios que con la Primera Guerra Mundial se tuvieran que reestructurar varias fronteras europeas.

Precisamente, la frontera entre Polonia y Rusia debía pasar justo por el salón comedor de la casa de estos señores, por lo que las autoridades le preguntaron
que podían desviar la frontera un par de metros arriba o abajo. Les dieron la oportunidad de decidir si preferían vivir en Rusia o en Polonia.

Los viejecitos, sorprendidos, pidieron un mes para pensárselo. Finalmente, llegaron de nuevo las autoridades.

Tras un rato pensativo, el marido se decidió por pertenecer a Polonia.

– Por qué? – Preguntaron las autoridades.
– Pues porque me han dicho que en Rusia, en invierno hace mucho frío.

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