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Negar la evidencia

18 noviembre, 2005

Hoy he pillado a la perra escarbando en la basura. No me refiero a Lydia Lozano documentándose para su próxima exclusiva. Me refiero a Aly, mi mascota. Le he gritado, enfadado: “¿Qué haces, cochina?”, y ha agachado las orejas, se ha tumbado en el suelo y ha empezado a tiritar, sabiendo que le iba a caer una buena bronca. Pero nada más lejos de la realidad. Mi Aly me ha hecho ver la luz. Me ha iluminado sobre una teoría que bien merecerá que me otorguen el Príncipe de Asturias, y así poder decirle a Felipe “Tú novia tiene una pinta de que se la haya repasado todos tus guardaespaldas que tira p’atrás”. Al ver a mi perra esperando su castigo, he llegado a la siguiente conclusión: lo que nos diferencia a los humanos de los animales es que los segundos nunca niegan la evidencia. ¿Cómo se os ha quedado el cuerpo? Me explicaré mejor para aquellas mentes menos privilegiadas, tan asiduas a este weblog.

El ser humano es ser humano en tanto que niega constantemente las evidencias. Existen tres tipos de negación de la evidencia:

i) La negación obvia: es cuando llegas a casa y te encuentras a tu mujer a veinte uñas, mientras el presidente de la comunidad la embiste rítmicamente (lo que en argot sociológico se entiende por ‘dar por el culo’). Automáticamente, ella dice: “Cariño, no es lo que parece”. Eso es una negación de lo evidente obvia, porque SÍ es lo que parece.

ii) La negación tópica: es cuando le preguntas a tu padre “Papá, ¿qué es lo que te hizo enamorarte de mamá?”, y él contesta: “Su mirada radiante, su presencia, su chisporroteante sentido del humor y su comprensión hacia mí”. Sólo hace falta mirar a tu madre, comiendo, con sus pechos de la talla 140 encima de la mesa, para saber qué es lo que realmente enamoró a tu padre. Lo que tu padre te ha contestado es una negación de la evidencia tópica, que mediante eufemismos ha querido decir “lo que me enamoraron fueron sus perolas”.

iii) La negación insultante: es aquella negación de lo evidente que insulta al prójimo, ya que está tan mal disimulada que a uno piensa “éste se piensa que soy tonto”. Un claro ejemplo, son los peluquines. Cuando este fin de semana estuve en Londres, llegamos al hotel y el recepcionista llevaba un peluquín horrible. Él, amablemente, me estaba explicando las comodidades del hotel, pero el subtexto que yo recibía, mirando al gato muerto que llevaba sobre la cabeza, era: “¿Calvo? ¡Quién! ¿Yo? ¡Qué va!”. No pude evitar enfadarme mucho. ¿Por quién me ha tomado? Amigos, los peluquines no sólo no disimulan la calvicie, sino que la hacen más llamativa. Deberían estar prohibidos, o que España volviera a tener como jefe de gobierno a un dictador que fusilara a todos los portadores de peluquines.

Esta es mi teoría, que espero desarrollar en profundidad y que me inviten a debates de gente culta con gafas y chaquetas de pana en TVE2. Por favor, difundid mis palabras, puesto que desde las de Darwin, ningunas han supuesto un avance tan radical en la historia de la evolución del hombre.

8 comentarios

  1. Interesante artículo, los humanos deberíamos tratar de decir la verdad de vez en cuando, así el mundo no sería tan superficial como lo es ahora.


  2. Lo que nos diferencia a los humanos de los perros es que no nos agachamos a lamernos el pijo. No es mío, lo decía un tripulante de “El Enano Rojo”, una serie de tv.


  3. He reflexionado sobre mis mascotas… y ellas tambien niegan la evidencia… cuando la perra de mi caniche volvió a casa con la trasera como un buzón de correos lo primero que hizo fue esconder-se en su cesto escondiendose… como quien dice… aquí no ha pasao nada!!… meses despues teniamos una nueva raza de ratas mutantes por casa… ahora vigilan todo lo que digo… y solo puedo pedir ayuda por aquí… sos sos sos!!!! sos cojonudo capo!


  4. jajaja, genial este post. y mjuy cierto. eres un buen observador


  5. El enano rojo. Qué serie más divertida.


  6. Casi tanto como The Young Ones.


  7. Es verdad, es como cuando me encontré a un ex mio metiendole la lengua hasta el píloro a una rubia y él me dijo “no es lo que parece”. Aquí de dan los dos casos de negación obvia e insultante.


  8. Ains, no he podido evitar echarme una carcajada enorme al leer lo del gato muerto… que risas por dios…



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